Narraciones

El deambulante

       Caminaba sin rumbo fijo pues alma errante soy, por senderos y caminos que al diablo dieron traición. Acudieron a mi memoria fragmentos olvidados de una época que nunca existió: Caritas sonrientes pululando en los vedados; hombres rezongosos, con un portento asombroso; mujeres risueñas, con alma de verdaderas dueñas. Pero un mal día, Arismarco, el profeta de la ciudad, una mala noticia nos vino a dar. En su visión aparecía un enfrentamiento que duraba varios días. Sobre el fragor de la batalla una lánguida voz clamaba; “A vuestra Merced, señor Clido, que vos nos habéis traicionado” El apellido que bramaba, por aquel entonces, pertenecía a mi noble casta.
 
 
Cuando observé lo que una vez fue mi hogar, una sensación de pena comenzome a ahogar.  Recordé el rostro almendrado de  la niña que obtendría mi legado; el sabor del primer beso que temblar hizo mis huesos; la paciencia de mi madre al soportar mi desmadre. Con un simple destello el destino me arrebató mi sueño. La antigua ciudad era hermosa, aunque ahora es tan sola deshonrosa. La traición de mi padre, me ofuscó con desaires, pues en él confiaba como si de mi confidente se tratara. El hecho nos produjo varios despechos, pues en la época que corría, el mundo era una verdadera carnicería. Al quedar mi familia mancillada, mi hermano decidió abandonarla. Un acto de puro coraje, aunque murió luego en el viaje.        
 
 
Al pasar por la escuela, me invadió una sensación de pena. Rememoraba de los niños sus ansias por aprender, que les fue arrebatada con mucho desdén. Recordé un niños peculiar, que tenía propósitos sin igual. Derrocar al rey deseaba, y lo planeaba mientras a las tabas jugaba. La violencia con la que fueron tratados, hasta a Maquiavelo hubiera espantado. La arrogancia de sus ojos a conocer daba su ignorancia. Fueron tratados con vileza, y eso espero que le suceda a su alteza.
 

Al subir a lo alto de la colina, la muerte se me echó encima. Con el corazón ya agotado, sobre mi rocoso lecho de muerte tendime jadeando. Con un ímpetu digno de un titán, a la distancia el nombre de mi amada comencé a bramar: 
  

                                 Hermenegilda...

9 Comentarios 14.6.06 17:48, comentar

El ataque sarraceno

   Desde mi ventana se podía vislumbrar el inexorable avance de las tropas árabes. El castillo de Mesones tenía fama de inexpugnable, pero desde que el arzobispo de Valdejalón había decidido romper los pactos de alianza con la Comarca del Aranda, el castillo había perdido considerable prestigio. Los árabes, bajo la tutela de Nassim Hamidi, habían desmantelado todas las estrategias de los nobles, gracias a un chivo espiatorio colocado entre las filas de la caballeros. El rey había sido derrocado, y Mesones, arrasado. Lo único que quedaba en pie era su magnífico castillo-fortaleza gótico que había resistido con saña los ataques sarracenos.

   Dicha imponente fortaleza estaba siendo atacada en ese mismo instante con catapultas desde el barranco de la Canalija. Mi hermana y yo estábamos refugiados en una pequeña posada en lo alto del acantilado de los Caídos, desde donde se podía apreciar la magnitud de la hecatombe. Los perros habían jurado exterminar a toda la gente que perteneciera a tan renombrado pueblo. Nosotros éramos los únicos supervivientes de noble linaje de todo el valle del Isuela, pero de nada servía, pues estábamos destinados a fallecer en una orgía de sangre mora y desdicha aragonesa.
 
   De forma súbita, se pudo escuchar un golpe estruendoso, seguido de la congoja de mi hermana pequeña, Delia. Mis padres había partido para combatir entre las filas de la resistencia, y yo les había jurado protegerla, aunque con mi vida fuera. En una fracción de segundo, los infieles echaron abajo la puerta de mis aposentos, y me vi a mi mismo desenfundando mi espada y clamando el lema de mi casta; me abalancé hacia delante e hice entrechocar mi espada contra los alfanjes enemigos para hacernos paso y escapar ilesos de la posada. Fue en vano.
 
   En la entrada me aguardaban diez hombres, de los que el que parecía ser el cabecilla me pegó un puñetazo en la sien, y caí sumido en el más absoluto sufrimiento. Desde mi inconsciencia pude escuchar el característico sonido de una cornamenta que me libró completamente de mi sopor. Eran los caballeros del Aranda. Todavía no estaba todo perdido.

12 Comentarios 14.6.06 17:49, comentar

Mi infancia querida

   Mi abuelo y yo nos encontrábamos refugiados en el ático de nuestro viejo caserón, mientras los soldados registraban la casa. Escuché cómo volcaban los muebles y destruían lo que una vez fue mi hogar. En ese momento estaba rememorando todas las ocasiones felices que llegué a disfrutar en esta misma casa. De repente, la puerta se vino abajo y con ella, todas nuestras esperanzas de sobrevivir. Entonces, rompí en llanto mientras mi abuelo intentaba protegerme en vano.

   Cuando superé mi letargo, me situé en el mismo infierno. Gente mutilada arrastrándose inútilmente por el suelo, niños mugrientos llorando desconsoladamente: Estábamos en un campo de concentración. Los alemanes nos habían capturado y separado. Me habían explicado que los alemanes practicaban el genocidio hacia nuestra raza, pero no podía imaginarme que fueran capaces de cometer tamaña barbarie. De improviso, entraron tres soldados armados hasta los dientes y empezaron a hablar un árabe chapurreado. Yo no comprendí nada

    Mirase donde mirase, sólo apreciaba pobreza, miseria, enfermedad... Ni siquiera parecía que esos yertos cuerpos poseyeran vida. Más tarde, entraron dos soldados, y escogieron al azar a diez personas, entre las que se encontraba una anciana y yo. Un hombre de treinta y cinco años o más se levantó bruscamente, e hizo sentarse a la señora. Uno de los soldados hizo un ademán con la cabeza y la señora miró al hombre con cara de agradecimiento infinito. No sabía por qué, pero nos arrinconaron contra la pared y el hombre de antes dio un paso adelante hacia un soldado que iba extremadamente armado.  

 

8 Comentarios 18.6.06 19:14, comentar